Su poesía nos contempla todavía, ahora más, desarmados ante el enigma de la muerte y regresan, insidiosas, las preguntas que han llenado sus versos.
EVIDENCIA DE LA MUERTE
DE los muertos que el día glorifica
con su lluvia, ¿quién ha visto alzarse
alguna vez la queja de sus huesos?
Ahí están, reunidos en un pequeño coro
de llanto solitario, creando su oficio
sobre un reino que nunca se conoce.
A veces de la tierra sube un clamor
como un humo que llena el horizonte.
Conocemos su fría pulsación por la rama
que su carne sostiene. Pero ¿quién se siente
tan suyo que entregara un día de su vida
a la costumbre de su sueño subterráneo?
Hay un temblor oculto en todo lo que toca
su recuerdo, sus turbias cabelleras
se nos tienden como hilos de sombra,
nos rodean de innecesarios lamentos,
se sientan a nuestro lado y nos hacen beber
un licor amargo y tenebroso, un vino
hecho de flores de papel y hojas secas
y cintas con borrosas inscripciones.
No son frutos de ningún jardín extraño
bajo la luna, florecen en la miseria
de nuestra carne, sin apenas contacto,
los llevamos dentro, queremos olvidarlos,
cedemos parte de nuestra propia materia
en las aguas tibias de sus manantiales.
Pero ¿quién sabría defenderse de su sangre
hereditaria cuando cada gota de su vida
es el germen que nos nutre y nos entrega
a la negra aventura de su abrazo?
(De Tiempo en el sur, 1955)




