domingo, 14 de septiembre de 2014

Antología Olcades: Pilar Blanco

Estatua de sal

No quería
mirar atrás, interrogar su espalda,
considerar sus lindes,
el peso de sus hombros,
su constancia de esclavo.
No quería
contar años inútiles
que trazaban su red sin que los trenes
cruzaran más sobre sus vías muertas.
Por si el ábaco se desmemoriaba
y la locura de las cifras locas
vencía su nostalgia en equilibrio.

Por quizás. Aunque nunca
querer o no querer
tuvo mucha importancia.

              (De Alas los labios)


Este magnífico poema de Pilar Blanco parte, como indica su título, del episodio bíblico de la esposa de Lot y con él de otros tantos mitos sobre la mirada atrás, entre ellos el de Orfeo. La pérdida del propio ser o del ser amado se atribuye en estas historias a un exceso de curiosidad, como le ocurrió a Pandora con la caja. Así empieza la versión que da Wislawa Szymborska del personaje: "Tal vez miré hacia atrás por curiosidad. / Pero además de curiosidad pude tener otras razones".
Sin embargo, el yo del que habla el poema no siente curiosidad alguna, ya sabe lo que contemplará si vuelve los ojos. Su actitud se parece más a la del Garcilaso de "Cuando me paro a contemplar mi estado / y ver los pasos por do me han traído". Esta seguridad, que sirve de punto de partida para la dolorosa reflexión del petrarquista, es la base en "Estatua de sal" para afirmar la voluntad de negarse a la mirada retrospectiva del sujeto.

El poema sin embargo es una gran preterición que pone en primer plano de la conciencia precisamente lo que dice negarse a ver. Las realidades que se quieren olvidar se articulan en una doble anáfora que insiste en el ejercicio de la voluntad: "no quería", sospechosamente en pasado. Además, ya se sabe qué puede esconder el hecho de que uno tenga que repetir o repetirse explícitamente una negativa.

Las imágenes con que Pilar Blanco nos transmite toda esa materia vital desechable o rechazable (pero nunca olvidable a lo que parece) son de una precisión poética asombrosa dentro de su gran capacidad de sugerir. Con "interrogar su espalda" la autora despierta en nuestra mente mítica otra figura: la de Jano, que más afortunado que la mujer de Lot, puede mirar hacia adelante y hacia atrás, pero que igual que a ella ya solo lo conocemos en su forma pétrea. Jano, además, era el dios de los límites, que aparecen aquí en su forma evolucionada desde el latín: "lindes". Se situaba en la transición de un año a otro (lo que da nuestro "enero") y en el umbral entre lo exterior y lo interior. Todo ello reverbera en los versos de Pilar Blanco (no solo en este poema): es una poesía que tiende hacia los límites y hacia su inversión entre el afuera y el adentro. Precisamente al optar por la palabra "linde" hace de la introspección del sujeto un paisaje interior, pero no un paisaje idílico sino una especie de finca rural que el lector aventura un tanto yerma.

No menos sugerentes son los dos versos siguientes, en que el sentido de "límite" pierde su significado territorial para centrarse en el existencial del alcance de la libertad personal, que hay que relacionar con el tema de la voluntad. La "constancia de esclavo" nos remite de nuevo al mundo petrarquista y, más allá, a la elegía amorosa latina con el servitium amoris (la esclavitud del amor), aceptada gozosamente por el enamorado-siervo; pero la autora rompe con lo acartonado del tópico al añadirle una imagen asociada que constituye la reelaboración de una frase hecha: "el peso de los hombros", que pasa de significar una carga que nos cae sin quererlo a hacer de los hombros la esencia misma de la carga, lo que no nos podemos quitar de encima porque forma parte ya de nuestra anatomía emocional.

Encontramos el segundo término de la anáfora ("No quería") desarrollado esta vez sobre el tema del tiempo, modernizado en las imágenes ferroviarias, y animado por un ligero pero efectivo toque onomatopéyico ("trazaban", "trenes", "cruzaran").

Inmediatamente aparece la razón de tanta insistencia en la negación: "Por si el ábaco se desmemoriaba", una razón que irrumpe rompiendo llamativamente el ritmo endecasílabo y heptasílabo que sustentaba rítmicamente el poema hasta ahora (excepto los tetrasílabos de "No quería", aislados para destacar la posición de la vountad). No porque el verso no sea un endecasílabo, que lo es, sino porque es un endecasílabo anómalo, con acentos solo en cuarta y décima. Parece así que algo se descompone en el texto junto con el ábaco, acertada forma de enfocar la mente y las emociones como computadoras un poco anticuadas, formas obsoletas de contar. El tiempo se instala entonces en el poema no solo como tema sino también en el tejido mismo del lenguaje, como ocurría con las urdimbres intertextuales que nos han ido saliendo al paso. El poema no solo trata sobre el tiempo, sobre el pasado que queda atrás y que se quiere negar, sino que es también en sí mismo la tenacidad del tiempo en reaparecer y hacerse presente, visitándonos como un espectro en el uso mismo del lenguaje y en la memoria arqueológica y mítica que explica lo que somos a través de historias tantas veces contadas, leídas, revividas.

En consecuencia, la nostalgia es un estado frágil, un equilibrio imposible de mantener pues el tiempo rompe siempre la balanza y el balance y se impone contra cualquier voluntad: el hecho de negarse a recordar implica una ineludible dimensión temporal.

No es extraño, pues, que después de un significativo espacio en blanco nos encontremos con un verso balbuceado, sin contenido semántico: "Por quizás. Aunque nunca". Como una transición hacia un estado de conciencia más alta en que el sujeto de quien se habla reconoce la inutilidad de esa voluntad que ha tratado obstinada e inútilmente de afirmar en la negación: "[nunca] querer o no querer / tuvo mucha importancia", de ecos hamletianos. Final desolador, pero de tono sereno, como muchos de los de Pilar Blanco.

Nos tenemos que preguntar ahora por el uso de la tercera persona en un poema que parece hablar desde la intimidad de la primera. Creo que hay un intento de alejamiento o de alienación (ya indicado en el uso del tiempo verbal en pasado), que acaba frustrado (como la voluntad) al confluir finalmente, en una única conciencia conclusiva (y también clausuradora), la vicaria tercera persona explícita con un "yo" que soterradamente recorre el poema. Experimentamos, así, el tránsito (en su despliegue temporal, el de la lectura) desde la negación, vista como ajena, a reconocer el hundimiento de la voluntad hasta la aceptación de ese hecho, como si en la lucidez final la tercera y la primera persona fueran indistinguibles. El tiempo, en fin, y no la eternidad de Mallarmé, es lo que nos convierte en nosotros mismos.

1 comentario:

  1. Como siempre, tu comentario tan preciso, tan al servicio del poema. Se echaba de menos tu rincón olcádico. Welcome back!

    ResponderEliminar