sábado, 26 de septiembre de 2015

Podrá no haber poetas...


Leo estupefacto, incluso con rebatiña de nudillos en los párpados, en ABC (periódico hasta hace poco serio, y fiable en el ámbito cultural) en su edición digital del 15 de marzo de 2015 que un libro de poesía publicado en 2011 ha vendido la energuménica cantidad de 21.000 ejemplares.

Todavía con el tembleque avispándome el cuerpo acudo a Google (es lo que más a mano me queda en cuestiones de omnisciencia) para paladear algo de las mieles de tal portento, del que, ¡pecador de mí!, no he tenido noticia en mi solar pinariego; y mientras con una mano tecleo con la otra me flagelo y cilicio por mi descomunal negligencia.

Así, pues, ávido y golpeado, doy con un nutrido florilegio de poemas y citas del estratosférico libro. ¿Cómo ponderar, oh lector, el fracaso de tanta máquina, el tarascón de tan magno derrumbe, el arrastrarse por los hondos del abismo de tan alta ilusión enaltecida? Apenas logré salir de los escombros del primer encuentro: "Los mudos no gritan, los sordos no ven la música, / con las cinco letras que se escribe tarde / no puedes escribir ahora, / el amor que fue, ese ya nunca vuelve". ¡Toma!, si es Bécquer sin golondrinas y en presente. El tío acaba de darle un revolcón al lenguaje poético español releyendo a Bécquer con gafas de la LOGSE, LODE, LOMCE o LOquesea. Nótese, además, la sutil tautología (para los lectores habituales del libro: "perogrullada" y aún así no sé) con que arranca el fragmento, a la que salva in extremis una apañada sinestesia (nota ídem: cruce en las sensaciones de dos sentidos distintos sin apoyo de sustancias estupefacientes); y por último, es de admirar la maestría en el idioma demostrada por quien no teme, intrépido, al siempre acechante anacoluto (nota ítem más: aquí me rindo), donde otro poeta, más miedoso del idioma, más pacato él, hubiera escrito una ramplonería: "con las cinco letras con que se escribe tarde". Pero no hay que descartar la traición del tipógrafo, que le ha birlado una coma a la genialidad a la que probablemente apuntaba tan avizorado autor: "con las cinco letras, que se escribe tarde". Este era sin duda el verso original, que se dice pronto.

Descorazonado, desarmado y cautivo, me fue imposible seguir, según comprenderá el atento lector. Pero, como es cosa que a uno estos desmanes no le pueden dejar frío, me puse a reflexionar, mano en la sien cual un Jovellanos del barbecho mesetario y anacrónico. Y la primera estación de mi reflexionar fue pensar que los 21.000 presuntos poemarios vendidos (más los que hayan circulado clandestinamente y sin atascarse por la red) tenían como lectores a adolescentes. No en vano, al autor se le encumbra como adalid de la nueva poesía joven. Entendía yo, en mi corto cavilar, que cualquier adolescente en condiciones normales de escolarización y salud mental sería capaz de escribir el fragmento que acabo de citar u otro muy similar, sin mucho desgaste de meninges... Cuando, ¡tate!, me di cuenta de mi error: los adolescentes de hoy admiran este tipo de poesía (sic) precisamente porque NO son capaces si quiera de escribir algo que a un quinceañero de, digamos, hace 30 años le resultaría sencillo, pero al que no se le pasaría por la cabeza ni lejanamente publicarlo como poesía. Como mucho, le serviría para ligar y olvidarse de él, sin daños a terceros y sin traspasar el himen de lo impreso.

La segunda y última parada de mi reflexión (mira que cansa esto de pensar) fue cómo se les podría enseñar a estos 21.000 boquiabiertos lectores a apreciar a los grandes (Góngora, Garcilaso, San Juan de la Cruz, Darío) cuando su referente lírico más cercano es semejante mamarracho. Que los medios de comunicación y grandes grupos editoriales (por lo visto, el deturpador de Bécquer ha fichado por Planeta) le den cancha, habla muy poco y mal del nivel cultural del país y de lo que nos espera, leyes orgánicas mediante.

Pero no nos despidamos ceñudos y enojados. Dejemos otra perla temblando en la sonrisa, a lomos del descojone:

                 con el tiempo he aprendido
                 que no es lo mismo ayer que mañana         



domingo, 7 de junio de 2015

Astillas, de Miguel Ángel Curiel



Miguel Ángel Curiel, Astillas. Madrid: Calambur, 2015. 76 págs.


   Sin abandonar el estilo personal que le ha valido un puesto destacado en el panorama lírico español, Miguel Ángel Curiel ha cerrado el ciclo de los elementos (agua, aire, tierra), o por mejor decir lo ha entrecerrado –pues lo elmental sigue siendo la base de su poetizar–, y ha centrado su nuevo libro, si podemos fijar algo de todo lo que sugiere, en el problema de la identidad y la comunicación, temas que ya habían aparecido en otras entregas.
    Como siempre en su poesía, el hecho de estar en el mundo se presenta como enigma y nos vamos moviendo a lo largo del poemario por entre signos contradictorios, contrastantes, aporéticos. El primer poema nos sitúa ya en el espacio donde el hombre se enfrenta a la nada, como en el célebre poema de Montale (“Forse un mattino andando in un'aria di vetro”), donde el sujeto lírico esperaba, “con un terror de borracho”, encontrar la nada al volverse a mirar. Pero en Curiel no se trata de un vacío ontológico exactamente sino de una figuración de la identidad: damos a los demás la ilusión de existir, pero es solo un espejismo; dentro hay un hueco, un sol de soledad, que calcina el interior y brilla solo hacia el exterior. Este sol-estrella se constituye en símbolo central del libro, y lo encontramos de nuevo en la “estrella del vino” como soporte de una embriaguez vital (11), el sol como la luz de la muerte (14), las estrellas como una cosecha de luz sacada de la negrura (16). En este último ejemplo el elemento “luz” que calcina o aniquila se une a otro elemento muy presente en todo el poemario, el de la orfandad universal, aquí en forma de “ser desangelado” (16), que se repite en el poema inmediatamente posterior: el hombre como ángel descarnado. Y en ambos poemas hallamos de nuevo una constante en la poesía de Curiel, la presencia del color blanco (“Hombre desnudo en la nieve” se titula el poema) como un cromatismo de la pureza de la desaparición, nunca sabemos exactamente si  negativo o positivo. El problema de la identidad se va trenzando, pues, en nuestra lectura a base de estas figuraciones que insisten en la luz blanca que ilumina lo otro, pero no su origen, dejando una soledad de seres caídos de algún estado angélico. Rilke y Celan, evidentemente, por entre bambalinas.
   Resulta, sin embargo, nueva la figuración de la identidad por medio de símbolos vegetales negativos, en especial la imagen reiterada de árboles secos. En “Trasmoz” encontramos la idea de la desasistencia angélica unida a la de la vegetación muerta: “Hombres sin ángeles / agarrados / a ramas secas, / a las raíces / de su yo” (12). Aquí comprobamos que el origen vacío del yo, su soledad radical, se confunde con un exterior muerto, al contrario de lo que ocurría con las imágenes de la luz. Más interesante a este respecto es el poema “Dehesa” (33), donde el sujeto poético se identifica con el árbol arrancado: “y me sequé de pie / como un tú que tiene ramas”. Este desdoblamiento supone un intento de retorno a las raíces, pero el origen vuelve a aparecer como una luz muerta: “El tú que mete / la cabeza en la tierra / para ver la casa, lo abierto / de los ojos que se encienden / con el sol frío”. También puede tratarse aquí del “sol frío” de la muerte, ya que asistimos a un enterramiento, pero la lectura es, sin duda, mucho más rica y difícilmente comunicable.

viernes, 17 de abril de 2015

Los sonetos de Ángel González


     La escasa presencia de sonetos en la producción de Ángel González (dieciséis en una obra que abarca más de cinco décadas) es la probable causa de que apenas se haya estudiado este aspecto en la poesía del ovetense. Pero es precisamente la escasez y excepcionalidad en su cultivo lo que quizá hace más significativa la aparición de esta forma, a lo que hay que añadir el hecho de que, si bien la mayoría de los sonetos se agrupan en los inicios de su carrera lírica (los dos primeros libros suman once de los dieciséis totales), González parece haber sentido cierto apego por ellos, pues no deja de cultivarlos hasta el final. De hecho, es el soneto la única forma métrica del repertorio a la que se atiene; a excepción de unas décimas en Áspero mundo, con muchas licencias, y unos serventesios titulados «Calambur» en Muestra, corregida y aumentada. Tampoco es muy partidario nuestro poeta de la rima consonante, propia del soneto, aunque aprovecha en ocasiones sus potencialidades humorísticas y sarcásticas, cuando no socarronas.
 
     Contribuye también a esta desatención crítica el hecho de que el tono propio del soneto no coincide con lo que acabará siendo el estilo característico de la poesía de Ángel González, apreciable ya desde las primeras entregas, cuando el soneto es todavía un elemento que merece toda una sección del poemario Áspero mundo. Como se la ha venido definiendo, la de Ángel González es una poesía de la ironía, el humor, las formas sueltas, el tono coloquial..., rasgos que se compadecen poco con la rigidez y la elevación que prototípicamente se atribuyen al soneto.

     El mismo autor ha hecho una distinción, a propósito de su obra primera, entre los poemas de un carácter más personal y los de inspiración más libresca. Sobre los sonetos de Áspero mundo declara:

versos muy literarios que expresaban poco o nada de mí: vagas disposiciones sentimentales, emociones más inventadas o deseadas que vividas (los Sonetos, casi todas las Canciones, y también los poemas de la parte titulada Acariciado mundo que, aunque derivados de un sentimiento amoroso verdadero, son únicamente, en el fondo, un puro ejercicio imaginativo)

     Ángel González encierra en estas palabras la clave interpretativa de la tensión que existe en toda poesía entre lo literario (lo recibido) y lo vivencial, lo cual se pone especialmente de manifiesto en el uso de formas tan rígidas y tan cargadas de historia literaria como el soneto. La tensión se incrementa cuando el poeta que elige el soneto opta, como es nuestro caso, por una poesía de la experiencia personal y de la comunicación inmediata con el lector. Literatura y vida, forma y vivencia son los dos polos entre los que se mueve toda poesía, y el soneto es especialmente apropiado para estudiar esta convivencia conflictiva de elementos, en tanto que tiende a la primacía de la forma y tiene una extensa historia literaria detrás.

     Sobre este tema podéis leer el artículo completo publicado en Prosemas. Revista de Estudios Poéticos, nº 1, 2014.

jueves, 12 de febrero de 2015

En el principio era Juan Ramón


Nadie duda de que Juan Ramón Jiménez está en el origen de la modernidad plena de la poesía española (la "modernidad" a secas podríamos situarla en Bécquer, aunque todo es discutible en estética y en etiquetas históricas). Sin el Juan Ramón del que me ocuparé ahora no hubiera existido la Generación del 27, o al menos no como la conocemos, y sin ella nuestra poesía actual sería muy  distinta.

Pero no se trata ahora de jugar a los futuribles a toro pasado, lo que me interesa es presentar algunas de las claves estéticas que a partir de la publicación de Diario de un poeta recién casado (1917) explican el vuelco de la poesía española y su camino por una nueva senda que deja arrumbadas en el desván de lo desvencijado las florituras modernistas y sus vistosas arquitecturas, tantas veces de humo.

Juan Ramón empieza a usar insistentemente por esta época la metáfora de la "fuga" o de la "huida" como expresión de su deseo de salir de una etapa dominada por las formas cerradas y perfectas (los sonetos, aunque fueran espirituales; los serventesios y cuartetos alejandrinos y marmóreos de Elegías o Laberinto) hacia una construcción más libre del poema. Pero no se trata solo de la libertad métrica, que por otra parte se ha exagerado siempre, empezando por el propio Juan Ramón Jiménez. Su autoproclamacion como introductor del verso libre moderno en español en Diario se contradice con un mínimo análisis de la forma de los poemas, que consisten en una combinación de endecasílabos y heptasílabos la mayor parte de las veces.

No, la novedad no está solo en la mayor soltura con que se usan los metros (sin abandonar la regularidad), la ausencia de rima o la mezcla de verso y prosa en el mismo libro, sino en que por primera vez se entrega el poema al lector como algo sin cerrar, no como un producto acabado sino como un proceso en que el lector participa también. Juan Ramón encuentra la manera de presentarnos el poema "haciéndose" en nuestra lectura por medio de algunas técnicas entre las que destaca la correctio como figura retórica. El poeta se corrige a sí mismo en el texto como si lo estuviera pensando al tiempo que el lector avanza por las palabras, y lo hace partícipe de sus dudas, de sus tropiezos expresivos, de sus tanteos hacia lo absoluto. Este procedimiento de corrección lo traspasará después el de Moguer a la concepción de su obra completa, que nunca considerará acabada.

En este sentido, hay que buscar la poesía más allá del poema, pues este es solo una fase, un intento de atrapar el auténtico poema, que siempre se escapa y se encuentra siempre en fuga.

No tiene poca importancia en este proceso el cambio de influencias que sufre Juan Ramón en esta etapa de su creación, pues pasa de la admiración anterior de la poesía francesa (más cerrada y arquitectónica) a un interés creciente por los poetas ingleses, irlandeses y norteamericanos, que practicaban una lírica más próxima al lenguaje cotidiano, y en una lengua que, al no dominar como el francés, permitía a Jiménez unos márgenes de interpretación más amplios. Podríamos decir que la vestimenta verbal del inglés no le apretaba tanto como el ropaje un poco ajado ya del francés.

Las reflexiones completas sobre todos estos aspectos de la poética juanramoniana los podéis encontrar en el artículo publicado en Ocnos. Revista de Estudios sobre Lectura, nº 5 (2009)

sábado, 24 de enero de 2015

Boca de prosas, de Ernesto Estrella Cózar

  
   Presentamos el último libro de la colección Olcades poesía, que nuevamente opta por un autor novel. Boca de prosas es, en efecto, el primer libro de Ernesto Estrella, nacido en Granada, y actualmente residente en Berlín, donde imparte seminarios en la Universidad de Postdam, después de haber pasado por Nueva York para hacer su doctorado en la Universidad de Columbia. Ha publicado ensayos de crítica literaria en diversas revistas, y dos monografías sobre crítica y teoría poética: Cansinos Assens y su contexto crítico (Universidad de Granada 2005) y Espacio, poema en prosa de Juan Ramón Jiménez (Visor 2013).

     Con Boca de prosas, Ernesto Estrella viaja a los orígenes del poema en prosa para devolvernos una poesía muy actual y en constante metamorfosis. Algo baudelairiano hay en estos fragmentos de una cotidianidad hechizada y a la vez matérica, como si nuestro entorno fuera un enorme cuerpo en que vivimos y nos vive, en justa correspondencia. También Joyce asoma aquí en el juego de lenguajes y registros. Pero es del poema en prosa surrealista, lo más alto a que se ha llegado en este género, de donde el libro extrae su fuerza y su brillo, su suave ironía ocasional, al servicio de una personal exploración del yo que es a la vez el sustrato de todas las vivencias posibles.

    Os dejo con uno de los poemas del libro:

Inicio de hombre

                                    Sólo tierra también en el origen. Extensa, detenida
                                   y dotada de cierta profundidad. En derrumbamien-
                                   to continuo temeroso del perro que arriba merodea.
                                   Camina, palpa, golpea, entierra su hueso en nuestro
                                   cuerpo de barro indefinido. Abre los surcos. Inserta
                                   lo ajeno. Se aleja.
                                      Los años turban y el hueso hibernado inquieta todo
                                   lo de su entorno y salta. La huella de un mordisco bus-
                                   ca su amo.  Inicia el camino llevándose consigo ese
                                   cuerpo hundido que ahora tiembla de rapto, de vida,
                                   de vida nuestra inclinada.
                                         Otros años van acallando el rumor de ese barro
                                   siervo articulado. Hasta que el cansancio vence, que
                                   un día llega.
                                        Pulido en nuestra herida despeñada, el hueso se
                                   sitúa de nuevo ante la espera.

martes, 18 de noviembre de 2014

Borrar el paisaje, de Cristina Falcón



Cristina Falcón Maldonado, Borrar el paisaje. Avinyonet del Penedès (Barcelona): Editorial Candaya, 2014. 125 pp.

 
    Este tercer poemario de Cristina Falcón gira en torno a la experiencia de la pérdida y constituye una exploración en el dolor y una intensa pelea con la memoria. El proceso de borrado del que habla el título tiene que ver precisamente con la posibilidad del olvido como salvación, según se lee en el último poema: “Escribo para salvarme / a sabiendas de lo inútil. // Ojalá me vuelva olvido” (125). Pero asistimos a la paradoja de que la escritura poética establece una forma de memoria, escribir es recordar, como también nos enseña continuamente el libro. En esa ambivalencia y precario equilibrio, se mueve la poesía intensa y dolorida de este libro.

   Cristina Falcón se sitúa en la línea fundamental de la poesía moderna y contemporánea con la práctica del poema breve (algunos de apenas un par de líneas), que precisamente por su brevedad gana en intensidad. Esta opción de la modernidad poética entiende la escritura como un borrado precisamente, y un camino hacia el silencio o el olvido. En este ir despojándose y desnudándose, desprendiéndose de lo superfluo, se va orillando también lo lírico y la idea de canto, quedando la poesía en pura sugerencia, al borde del desvanecimiento, en la proximidad de lo gnómico: “Hoy que se puede // celebremos que escampa / el aguacero de las ausencias” (115). Se pierde así una música exterior, pero se alcanza una música íntima, en la periferia de los sentidos.

    Conviene poner lo dicho a la par de la concepción de la poesía como hipótesis y reino de lo posible. Las seis partes de que se compone el poemario llevan por título una condicional truncada: “Si la vida”, “Si la muerte”, “Si morir”, “Si lo que queda”, “Si la nada” hasta llegar a la expresión pura de la posibilidad: “Si”, sección que cierra el volumen. Es inevitable que el proceso de despojamiento y de borrado se conjugue con una estética de la sugerencia absoluta y de lo posible total. Cuanto más eliminamos del poema, más se abre el campo del sentido hacia todas las posibilidades y más universo es capaz de albergar; extremo en que lo contemporáneo se encuentra, como no podía ser menos, con la antigua tradición de la mística.

sábado, 18 de octubre de 2014

Los márgenes del agua, de Idoia Arbillaga



    Idoia Arbillaga, Los márgenes del agua. Madrid: Tigres de papel, 2014. 85 pp.

    El segundo poemario de Idoia Arbillaga profundiza, estiliza y amplía las líneas temáticas y formales de su anterior entrega (Pecios sin nombre, Amargord, 2012). Los márgenes del agua supone una inmersión, no siempre fácil y desde luego nunca tranquilizadora, en un mundo poético que al tiempo que nos es familiar resulta altamente desconcertante y perturbador, y nos obliga a afinar nuestras coordenadas artísticas y vitales.

    Este libro, marítimo en su esencia imaginativa y simbólica, se declara en busca de los márgenes desde el título. A la metáfora del mar como escritura, heredada de la tradición, se le añade la sorpresa de una ambigüedad gramatical (lo esperado serían “las márgenes” aplicado al agua) que abre el libro, antes incluso de ser materialmente abierto, a múltiples sugerencias que implican una escritura de la frontera, al margen, una escritura sobre lo que el mar arroja. Y el juego con el género gramatical / sexual no es inocente, como ocurría en el poemario anterior.

    En cualquier caso, la travesía no nos llevará por un mar sereno o clásico, sino por aguas revueltas y que lo revuelven todo. La fuerza de las imágenes nos conduce al lado más salvaje del surrealismo. Basta encarar el primer texto para encontrar afirmaciones como estas: “La lepra en el sentimiento, que lo descompone, como un alacrán corrupto que se nutre del hueso. La navaja-almendra, dulce pero afilada, también fue suya. Va rasgando mi bolso de mimbre y su inocencia” (15), donde reconocemos el eco verbal del plano inicial de Un perro andaluz y la estética de lo podrido que practicaron allí Dalí y Buñuel, aparte de las resonancias sexuales o la implicación de vida y muerte en un solo acto, que aquí se atisba, como la yuxtaposición de dos formas de ausencia. El mismo recuerdo del film surrealista aparece más claro páginas adelante: “Cristales y presencias rasgan la córnea del buey, que se anega de un cuarzo líquido, luminoso” (39).

    Estamos en el mundo de los Cantos de Maldoror, a los que se homenajea explícitamente en el poema “El palacio del placer oscuro” (30-31), al que sigue un eslogan rimbaldino renormalizado “Je suis un autre” (32). El poemario se sumerge así en la poética que da origen a la irracionalidad moderna y posmoderna, con el añadido del malditismo marca Baudelaire. Abundan los animales que pinchan o hieren: alacranes, cangrejos, mantis, situados por lo habitual en paisajes desolados, como los de Chirico, algunos de Dalí o Max Ernst, inquietantes, yermos, pétreos, obsesivamente compuestos por materiales corrosivos pero también blanqueadores como la sal y la cal (paronomásicos), probablemente con funciones metapoéticas: lo que da blancura y claridad también destruye.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Antología Olcades: Pilar Blanco

Estatua de sal

No quería
mirar atrás, interrogar su espalda,
considerar sus lindes,
el peso de sus hombros,
su constancia de esclavo.
No quería
contar años inútiles
que trazaban su red sin que los trenes
cruzaran más sobre sus vías muertas.
Por si el ábaco se desmemoriaba
y la locura de las cifras locas
vencía su nostalgia en equilibrio.

Por quizás. Aunque nunca
querer o no querer
tuvo mucha importancia.

              (De Alas los labios)


sábado, 12 de julio de 2014

Trabajos de purificación, de Miguel Ángel Curiel

 
La colección "Olcades poesía" acaba de lanzar el nuevo libro de Miguel Ángel Curiel, Trabajos de purificación, lleno del "misterio, la fascinación por lo que presenta perfiles imprecisos o dudosos, como una paradójica certeza que ata a la vida y es su fuerza motriz por encima de la obviedad ofensiva de lo real", en palabras de Rafael Escobar, que firma un intenso prólogo.

Con Trabajos de purificación el poeta se adentra un paso más en la senda de intensificación por un lado y de desprendimiento por otro que va trazando desde hace unos años, en una marcha ineludible hacia lo esencial de la palabra poética como reflejo de la elementalidad de la materia y la vida, los átomos del existir. En este libro se sirve Curiel mayoritariamente de la prosa poética, una prosa cargada de momentos irracionalistas, como nos tiene acostumbrados, en busca de un sentido nuevo para las experiencias vividas y una manera radical de compartirlas con el lector. Una actitud interrogante, admirada o tensamente serena ante los detalles de una existencia en la que se nos invita a sumegirnos por encima del desgaste de la vida, pues “en el vértice hay mucho amor, mucha luz, mucha esperanza”. Las visiones de las que se alimenta el poeta, brillantes e íntimas, nos sacan más limpios de un libro que juega de manera única con lo sensorial y lo reflexivo y los enrama para atraparnos en un universo nunca antes habitado.

Os dejo con uno de los poemas más impresionantes del libro:

PANTANO

Nada mi vieja mujer en el pantano. Se adentra hacia el centro y saluda. De la hora que pueda estar en el agua esta vieja nadadora he hablado toda mi vida. En las fotografías siempre está de espaldas. Ahora firmo en el mármol que es como firmar en la nada.

viernes, 20 de junio de 2014

Luis de Góngora y la poesía de circunstancias

El Romanticismo se llevó por delante, entre otras muchas cosas, toda una rama, frondosa hasta entonces, del árbol de la poesía. Me refiero a la llamada "poesía de circunstancias", marbete que a partir de entonces se ha convertido en sinónimo de lírica ínfima, falta de arte y pelotilleo en verso.

Por más que se repita aquí y allá el aserto de Goethe de que toda poesía lo es de circunstancias, la realidad es que esta sigue ocupando un lugar poco respetable en el Parnaso contemporáneo. El modelo de poesía que instaura el Romanticismo y en el que, quieras que no, todavía nos movemos ("¿Quién que es no es romántico?", preguntaba Darío) privilegia un tipo de lírica intimista, subjetiva, personal, que se ocupa de los grandes misterios de la existencia: el amor, la muerte, los límites. Una poesía, en resumen, trascendental. Ni siquiera las vanguardias con sus diversos intentos de desmitificar estas actitudes y abogar por un arte como puro juego fueron capaces de acabar con el poso romántico que pesa en el espíritu de poetas y lectores.

Pero no toda poesía de circunstancias era mala. De hecho, si agrupáramos todas las memeces, cursilerías y paparruchas a que ha dado nacimiento el concepto romántico de poesía el montón superaría con mucho al de la mala poesía de circunstancias. Esta, cuando era manejada por genios del tamaño de Góngora, no dejaba nada que desear en comparación con sus composiciones más "personales" (concepto con el que hay que gastar cuidado si  hablamos de antes del XIX).

Este tipo de poesía, en sus manifestaciones más acertadas, aparte de ser un prodigio de arte y de construcción idomática, se convierte en realidad en una reivindicación de la propia labor del poeta, pues lo que queda claro al final es que la poesía es el único medio para ganar la inmortalidad, es la donadora del único más allá posible, la guardiana de la memoria. En esta dinámica el poeta acaba situándose por encima del personaje alabado, pues este será recordado solamente por la pericia de aquel, y de él depende su proyección hacia el futuro. Esto ocurre con un emblemático soneto de Góngora fechado en 1593, cuyo comentario extenso podéis leer aquí.

                                A DON CRISTÓBAL DE MORA

                               Árbol de cuyos ramos fortunados
                               las nobles moras son quinas reales,
                               teñidas en la sangre de leales
                               capitanes, no amantes desdichados;

                               en los campos del Tajo más dorados
                               y que más privilegian sus cristales,
                               a par de las sublimes palmas sales,
                               y más que los laureles levantados.

                               Gusano, de tus hojas me alimentes,
                               pajarillo, sosténganme tus ramas,
                               y ampáreme tu sombra, peregrino.

                               Hilaré tu memoria entre las gentes,
                               cantaré enmudeciendo ajenas famas,
                               y votaré a tu templo mi camino

La pregunta sobre la sinceridad del poeta (que nos inquieta siempre en estos casos) es improcedente. En un tiempo en que dependían de nobles mecenas para su sustento o su ascensión social, los autores ponían su oficio al servicio de estos fines, y lo hacían lo mejor que sabían y podían. Eran sinceros con el arte, y eso nos basta. Desde luego, no hay mayor elogio de la poesía que el poema que acabamos de leer, aunque nominalmente la alabanza vaya dirigida a otra persona. La prueba definitiva: nada sabríamos hoy del paso por el mundo de un tal Cristóbal de Mora de no ser por los perfectos versos de Góngora. Shakespeare lo dejó también muy claro en el celebérrimo soneto 18:

                       ¿Te voy a comparar con un día de verano?
                       Tú eres más bella y templada,
                        pues vientos rudos agitan los tiernos brotes de mayo
                        y el plazo del verano se cumple demasiado pronto.

                        Algunas veces el ojo del cielo brilla con demasiado ardor,
                        y a menudo su apariencia de oro se atenuó;
                        y todo lo bello alguna vez declina de su belleza
                        por descuido del azar o del cambiante curso de la naturaleza;

                        pero tu eterno verano no se marchitará,
                        ni perderá la posesión de la belleza que ahora tienes,
                        ni podrá preciarse la muerte de que vagas en su sombra
                        mientras en eternos versos vas creciendo en el Tiempo.

                        En tanto que los hombres respiren y los ojos vean
                        vivirá este poema y te dará vida a ti.

Al romántico y becqueriano: "mientras exista una mujer hermosa, / ¡habrá poesía!", Góngora y Shakespeare oponen su "mientras exista poesía habrá mujeres y hombres hermosos". Cada cual que elija.